Inocencia Rasgada
Xavi Mira habitó tres décadas en su propio subsuelo. Un infierno circular dictado por las drogas y el alcohol, donde la autodestrucción le arañaba las entrañas. Pero el dolor posee una alquimia extraña: si no te aniquila, te vacía por completo para dejar espacio a algo distinto. El sufrimiento mutó, irremediablemente en arte.
Fueron precisos años de trinchera íntima; desaprender el idioma de las sombras para poder, al fin, sostener la mirada al otro. La pintura le ofreció entonces el cobijo que el mundo le negaba. Una paz nítida, de esas que solo afloran cuando la mente, exhausta, claudica. Es un refugio desde el cual transitar la existencia a pesar de sus golpes, armado con una inocencia nueva. Una inocencia veterana, rasgada por las cicatrices.
Hoy, su voz más legítima nace de las cerdas de un pincel. Xavi solo parece estar del todo vivo cuando mancha la tela. El ritual comienza mucho antes: en el silencio de la idea, en la música exacta elegida para el aislamiento, en el tacto de la materia y en el orden meticuloso de un estudio que funciona como contrapunto al caos pretérito. Acumula colores, instantes, tal vez el instinto crudo de algún animal. El tamaño del lienzo es apenas el límite físico de su confesión.
Su método es una recolección de supervivencia: imágenes y vivencias que atesora hasta que la herramienta acaricia la superficie. Estalla entonces una conexión que las palabras no alcanzan a explicar. Dentro del cuadro todo se mueve, se amputa, se alinea, se funde. Es un caos consentido y necesario; el único desorden del que puede brotar una obra nueva.
Atento a las grietas de lo cotidiano, cualquier instante se vuelve génesis. En sus telas plasma las sacudidas del asombro a primera vista y, en cada trazo, una parte de sus propios escombros se desvanece. Quedan ahí, atrapados en el lienzo, devolviendo la vacuidad necesaria para albergar nuevas pulsiones.
Pintar es, en definitiva, una extremaunción invertida: no le prepara para la muerte, sino para la vida. Una sanación constante del ser. Cada pincelada es una decisión consciente que lo aleja un milímetro más del abismo, consagrando una certeza redentora: cuanto más pinta, más vive.